Las Ermitas de Córdoba

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Las Ermitas de Córdoba - ARTENCORDOBA

Las Ermitas de Córdoba – ARTENCORDOBA

 

Sobre la antigua puerta de acceso al recinto una breve inscripción nos resume entan sólo dos palabras lo que el visitante va a experimentar en su visita: “Bendita Soledad”. Nada más acceder, en el vestíbulo de entrada, unas inscripciones nos llevan a la reflexión: “Detén el paso y advierte / que este lugar te convida / a que mueras en la vida / para vivir en la muerte”.

Los ermitaños que, desde principios del siglo XVIII ocuparon este desierto de ermitas, gracias a la cesión de los terrenos por parte del Cardenal Salazar, desaparecieron de este lugar en 1958, cuando su modelo religioso entró en decadencia, muriendo ese mismo año el último de ellos, Juan Vicente de la Madre de Dios. Fue en estos momentos cuando el obispado decidió ceder los terrenos a los carmelitas descalzos, la orden religiosa más cercana a este modo de vida.

Pero el recuerdo de los ermitaños, aunque ausentes, se mantiene en el lugar, alentado por los textos escatológicos y la paz del cementerio que inspiran sus altos cipreses apuntando al cielo. Un empedrado camino, denominado de los Cipreses, nos dirige en suave pendiente a las ermitas. Al final del trayecto un rojo zócalo de ladrillo rojo sirve de base a la sencilla Cruz del Humilladero, alzada “a la memoria del Excmo. Sr. D. Federico Martel de Bernuy, Conde de Torres-Cabrera, y del menado, protector de este santo retiro”. Bajo la lápida se encuentra una pequeña hornacina, que alberga una calavera junto a una inscripción que dice así: “Como te ves, yo me vi; / como me ves, te verás. / Todo para en esto aquí. / Piénsalo y no pecarás”.

Antes de arribar en la iglesia llama la atención un gran llano poblado de palmeras, en el que destaca la Ermita de la Magdalena, levantada en el año 1798 “a devoción y expensas del Excmo. Sr. Duque de Arión” afirma una inscripción. Aún conserva el bastón y el lecho de su último inquilino, así como otros objetos de uso de los ermitaños. La ermita posee doce nichos, que tras ser ocupados se tapiaban y, finalmente, se blanqueaban si poner nombre alguno. Sorprende el hecho que siempre halla un nicho abierto, a la espera de ser ocupado por otro difunto.

El “Silencio” es la carta de presentación de la humilde pero a la vez atrayente Iglesia, cuya portada alberga sencillas líneas neoclásicas. Presenta una pequeña planta de cruz latina, con cúpula sobre pechinas y pavimento de mármol. Posee el templo tres altares, al Altar Mayor, de principios del XIX, sustituye a uno antiguo que se quemó en un incendio, y está presidio por una Virgen de Belén de medio cuerpo con el Niño en brazos. A ambos lados del crucero se encuentran dos altares más, uno dedicado a San Pablo y San Antonio Abad, y el otro a San José. Tras la cabecera del templo se conserva la estancia que usaban los ermitaños como Sala Capitular, que acoge un bonito camarín con la imagen de la Virgen de las Victorias.

Al salir descendemos por una suave pendiente hasta llegar a un nuevo llano, conocido como el Balcón del Mundo, un magnífico mirador que abarca toda la ciudad, sin duda una de las mejores vistas de Córdoba. Una colosal estatua de grandísimo pedestal preside el lugar, se trata del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, labrado en 1929 por el escultor sevillano Lorenzo Coullaut Valera.

Cerca del recinto, a la derecha, hallamos un empinado despeñadero conocido popularmente como el “Rodadero de los Lobos”, en el que se encuentra una gran Cruz blanca de piedra sobre pedestal. A su lado, sorprende ver un sillón también labrado en piedra, mandado instalar en 1803 por Don Pedro Antonio de Trevilla, que a la postre fuera obispo de Córdoba entre los años 1805 y 1832, obispo muy recordado por prohibir la celebración de procesiones en Semana Santa durante varios años. Volviendo al sillón que nos ocupa, es conocido como el “Sillón del Obispo” por razones obvias. Dice la tradición, que las muchachas casaderas se sentaban en él con la esperanza de encontrar un futuro marido.

Texto: J.A.S.C.

Fuente: ARTENCORDOBA

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